
Al
comenzar el día, lo primero que oigo es el despertador de mi móvil; lo primero
que miro no es mi rostro cansado en un espejo, sino la pantalla de 5,7 pulgadas
de mi móvil para leer los mensajes nocturnos o los de los más madrugadores.
Visito a continuación las webs de noticias mientras tomó café. Y ya no suelto
el aparato en todo el día. Porque me hace de guía cuando me subo en el coche,
me recuerda mis citas, me recomienda donde puedo comer o comprar, me permite
ocupar el tiempo con algún juego en los tiempos muertos, me permite comunicarme
sin el atosigamiento del contacto personal con mis compañeros de trabajo, mis
amigos o mi familia a través del WhatsApp… y de vez en cuando incluso hago alguna
llamada.
La computación portátil y cotidiana ya no
sorprende a nadie. De
ser un símbolo de estatus hace unos años, ha pasado a convertirse en una
herramienta para organizar la vida diaria, o a ser un accesorio estándar de
todos los ciudadanos, y una expresión de estilo personal y modo de vida. Navaja
suiza de nuestro tiempo, los dispositivos tecnológicos se abren, multiplican y
desdoblan hasta llegar a convertirse en GPS, cámaras fotográficas o de vídeo, reproductores de radio o música, televisión, bibliotecas…
En 2020
siete de cada diez seres humanos irá acompañado permanentemente de un
dispositivo móvil inteligente adherido a su cuerpo y conectado a Internet (wereable)
provisto de todas sus aplicaciones favoritas. Dicho dispositivo sólo en algunos
casos será un teléfono. Los vehículos conectados a la red (y quizá sin
conductor humano) superarán los 150 millones. Internet es tan necesario en
nuestras vidas que la posibilidad de desconexión (nomofobia) es una de las
fuentes de ansiedad más temidas.
Serán
cotidianos los dispositivos de realidad aumentada que dejarán desfasado el
gesto de revisar la pequeña pantalla de los actuales Smartphone. Entre aquellas
alternativas en liza (Google Glass, Oculus Rift, Hololens…) no sabemos cuál
será la más aceptada por el consumidor. Estaremos monitorizados para controlar
el nivel de actividad, las fases de sueño, el ritmo cardiaco o incluso los
niveles de glucosa en sangre.
Volveremos
a usar la voz, incluso para activar los emoticonos de WhatsApp, a través de
asistentes personales que dejarán en paños menores a los actuales Cortana o
Siri.
La
interacción con nuestros dispositivos será intermodal, implicando todos los
sentidos. A las interacciones visuales y auditivas actuales, podremos
incorporar el tacto (besos) o disfrutar olores y sabores, quizá gracias al
Mixed Reality Laboratory, e incluso
llegar a comunicarnos con el pensamiento, como ya lo hacemos con los drones y
robots actuales, pero sin necesidad de llevar un casco o red de electrodos en
la cabeza.
Nuestros dispositivos cotidianos tendrán un mejor
conocimiento del contexto en el que nos encontramos, de nuestros gustos y
necesidades, para así poder convertirse, eventualmente, en verdaderos
asistentes. A nivel social, será posible conocer el comportamiento agregado de
barrios, ciudades, países e incluso continentes, ayudando a nuestros
gobernantes a tomar las mejores decisiones a la hora de afrontar retos globales
acuciantes, como el actual envejecimiento poblacinal o la prevalencia de
las enfermedades crónicas.
Esta relación continua -e incluso íntima- que tenemos con nuestros móviles, combinada con nuestra neuroplasticidad cerebral, está ya redefiniendo quiénes somos como individuos y como especie humana. Habilidades que eran comunes en un pasado cercano, están obsoletas en la actualidad: ¿Cuándo fue la última vez que memorizaste un número de teléfono?
Aunque desconocemos las consecuencias a
medio-largo plazo de dichos cambios en, nuestra memoria, nuestra habilidad para
concentrarnos y distraernos, nuestras necesidades, nuestro estado emocional y
nuestras relaciones interpersonales. Hemos de ser conscientes de que una tecnología
adoptada universalmente conllevará una redefinición de nosotros mismos y
nuestro modo de entender el mundo, pegados a nuestros dispositivos
renacentistas, multidisciplinares e irresistiblemente bellos.
Pero yo, al menos, sigo prefiriendo los besos "en
directo" de mi chica.
