El
marketing sociológico ha dado en etiquetar a los jóvenes nacidos entre 1981 y
1997 con el sugerente apelativo de “millennials”, aquel grupo que a partir del
2015, con sus criterios propios y contradictorios de consumo, inicia su década
de máximo nivel del gasto, repercutiendo de modo significativo en la economía
local y mundial.
Un
perfil más pormenorizado los describe como nativos digitales con alto
desinterés por la política y la religión, asfixiados por las deudas contraídas para
alcanzar unos niveles de estudio post-universitarios que les permitan afrontar un
desempleo y una precariedad laboral sin precedentes, posponiendo contraer
vínculos legales de relación y la adquisición de vivienda, aue abraza la
economía colaborativa y duerme con iPhone 6 o su tableta de última generación
cerca de la cama. Jóvenes que no admiten que una empresa genere beneficios sin
antes mejorar la sociedad, exigiendo, para admitir ser contratados por una
empresa, políticas de integración y responsabilidad social corporativa.
¿Cómo
captar el interés de un grupo tan contradictorio y con unos criterios de
comportamiento tan difusos?
A
diferencia de otras generaciones, los millennials esperan que
te acerques a ellos bajo sus propias condiciones. Esto puede significar
utilizar las redes sociales, los mensajes de texto u ofrecerles sistemas
electrónicos de pago. Los millennials esperan que seas tú
quien se adapte a ellos si quieres hacer negocios. Pero existe algo que
definitivamente no funciona: las propuestas estándar. Quizá por eso se haya
producido también un cambio en el mercado inmobiliario, en el porcentaje de
personas que alquilan, debido al cierre del grifo de la financiación en una era
de cambio tecnológico, globalización y disrupción económica.
También
a la hora de consumir buscan marcas transparentes, honestas y que mantengan
políticas de responsabilidad social corporativa. Acostumbrados a vivir fuera
del anonimato, comparten en las redes sociales sus gustos, criterios e incluso su
infidelidad hacia las marcas.
En
el fondo es la llamada a un nuevo mundo en el que hay que alquilar y no solo
vender (apartamentos, tecnología); potenciar la distribución para permitir las
compras impulsivas y separar los productos que se basan en el precio inteligente frente
a los que son de marca. Quizá todo se condense en apelar a la
globalización de una propuesta que esté disponible y se consuma en todo el
mundo.
En
el advenimiento de este tiempo distinto, resulta incuestionable que la
irrupción tecnológica ha cambiado el entorno de cómo se consume y qué. Los millennials han
abierto la caja de Pandora, acabando con la idea del “cliente de por vida”. La
competencia en el paisaje del comercio minorista resulta mayor que nunca.
Los millennials son
en buena parte responsables de que España sea el país europeo con mayor tasa
(75%) de penetración de smartphones.
Los
hábitos de estos jóvenes están más relacionados con la movilidad que las
generaciones anteriores y su ritmo se encuentra muy próximo a la actualidad.
Comienzan a calar los servicios de click & collect (recogida en
consignas automáticas de pedidos online), la compra a partir de códigos
QR o las aplicaciones que comparan precios. Porque los millennials no
se casan con nadie. Ni siquiera con su propio destino. Es una generación que no
se ha preocupado por conocer el mercado de trabajo ni por pensar en términos de
carrera profesional.
En
resumen, parece que todas las empresas quieren seducir a los millennials, una generación
tecnológica y sensibilizada hacia la economía colaborativa y el bien común, que
inicia su década de mayor nivel de gasto con
unos criterios de consumo nunca vistos. Si piensan que son relevantes desde la perspectiva
económica, echen un vistazo a cómo están remodelando la actual política.




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